Retrotraerse a los años 50 y 60 del cine es pensar, en cierta parte, en las superproducciones de época. Clásicos con un despliegue técnico imposible de creer que buscaban atrapar al espectador con imágenes que realmente parecían sacadas de libros de historia. Es complicado no mencionar Cleopatra, Espartaco, Ben-Hur… Y a partir de ahora ¿Napoleón?

El filme del veterano Ridley Scott se esperaba con ansia y no era para menos, con Joaquin Phoenix encarnando a una figura histórica tan relevante como el corso y dejando la impresión desde las primeras vistas de que volveríamos a esas obras de hace más de medio siglo. Esto último lo consigue, pero cabe plantearse si va más allá y trasciende como película.

La respuesta es no. Directamente. Quizás era el hecho de que había expectativas muy altas y esperábamos, ciegos por la emoción, un largometraje aún mayor que Oppenheimer. Y en absoluto.

Napoleón en el plano técnico es una gran obra, de eso no quepa la menor duda. Es de admirar el mimo con el que se recrea cada detalle y como, realmente, sumerge al espectador en la Europa de hace 200 años. Las batallas, las situaciones sociales, las grandes urbes e incluso los desayunos te pueden hacer pensar que has vuelto en el tiempo. Ves a los personajes y piensas en su contraparte histórica.

Joaquin Phoenix y Vanessa Kirby en Napoleón (2022) | Columbia Pictures

El caso es que, quitando el apartado técnico, la cinta no da mucho juego. La historia es extraña de ver debido a los tiempos, ya que dependiendo del momento o bien es muy ágil o se desarrolla lentamente a más no poder. Esa ambigüedad no cala bien dentro de un espectador que no acaba de saber por donde va a salir lo que está viendo.

Sin embargo, ese descubrimiento lo tiene al final de una película que en cuanto a la imagen deja que desear -aun con secuencias bélicas impresionantes-, que regala una trama insulsa y en el que las actuaciones en ningún caso son grandilocuentes.

Partiendo de la base que es prácticamente inviable abarcar la vida de Bonaparte en menos de tres horas, la selección de historias por contar y la mezcla de estos tramos con la focalización en las sombras de Napoleón marea a tal punto que no es viable sumergirse en cualquier trama y disfrutarla realmente. Enrevesada en algunos momentos, muy simple en otros y con un especial interés en humanizar la figura de un emperador al que acaba ridiculizando y convirtiendo más bien en algo cómico.

Lo último a tratar son las actuaciones, las cuales a excepción de una brillante Vanessa Kirby, no llegan a destacar enormemente, acabando por ser más bien simplonas, incluida la de un Joaquin Phoenix que se esperaba compitiera el Oscar a Cillian Murphy y, sin embargo, nos regala dos horas grises de un hombre que acostumbra a brillar.

Napoleón es un viaje al pasado. A la época victoriana y a los años 60. Nos cuenta la historia de lo primero y hace la película como en lo segundo. Sin embargo, no termina de contar y profundizar en esa historia y no hace la película como tenía intención de hacerla. Como resultado, una superproducción de época con un sabor agridulce.

2 respuestas a “Napoleón: una superproducción de época con sabor agridulce”

  1. […] verá la luz su secuela, Gladiator 2, de la podemos esperar grandes cosas. ¿Será la redención de Ridley Scott después de unos años no muy buenos? ¿Cumplirá las expectativas? ¿Igualará la épica historia […]

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  2. […] Scott ha vuelto a las salas de cine con otra epopeya histórica tras la controversial Napoleón (2023), esta vez continuando la historia de uno de sus más grandes éxitos cinematográficos y […]

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