Katanas, Japón, violencia y venganza. Con estos ingredientes bien podríamos pensar en primera instancia que hablamos de Kill Bill (2003), de Quentin Tarantino, pero si ya añadimos animación y el siglo XVII nos encontramos con una de las grandes sorpresas de este año: Blue Eye Samurai.
La serie de Netflix que había pasado desapercibida durante su producción, ha acabado por confirmarse como un auténtico bombazo. Un producto hecho con cariño y esfuerzo que acaba brillando con luz propia y dejando un recordatorio más de que la animación también puede centrarse en un público adulto a la par que contar una buena historia.
¿La trama? Una joven japonesa mestiza entrena por convertirse en samurái y se hace pasar por hombre para llevar a cabo su venganza contra quienes mataron a su madre. La trama del personaje vengativo puede sonar repetitiva, pero sin embargo logra ofrecernos un producto fresco y novedoso gracias a la ambientación, el tratamiento de los personajes y una animación muy cuidada.

La serie se sumerge de lleno en el Periodo Edo de Japón y se nutre de la historia del país nipón para generar su propio mundo. Ahonda en el pasado, se sustenta de leyendas a la par que de hechos fidedignos y le da un peso notorio al colonialismo europeo y aislacionismo del país oriental. Genera una base interesante y fundada que, además de atraparte y llamarte a conocer más de una época histórica rica y fascinante, ayuda a florecer a unos muy buenos personajes.
Es complicado empatizar con un personaje animado, por lo que la solución pasa por su buena construcción, como es el caso. Los secundarios son interesantes y llamativos, el villano principal está exquisitamente tratado y nuestra protagonista tiene un desarrollo fantástico. Y cabe resaltar lo mucho que le ayuda al personaje aparecer como algo ya construido con quien el espectador puede conectar de primeras, mientras que a lo largo de los capítulos se nos va mostrando su crecimiento de forma escalonada para lograr entender el misterio e incógnitas que desprende desde el minuto uno.
No se puede dejar de hablar de la animación. Una mezcla de 2D y 3D que, aun no con el mismo estilo que Spiderman: Into the Spiderverse (2018), nos ofrece un deleite visual. El producto está muy cuidado y los planos detalle, la concatenación de diversos recursos de exposición y planos amplios generan la sensación de estar viendo una producción cinematográfica. Porque sí, no es exageración ninguna decir que esta serie, a nivel visual y de uso de cámaras, es puro cine.
En resumidas cuentas, una serie rápida y atrapante, con un desarrollo ágil y personajes interesantes que resulta un amalgama de la historia de Mulán, la violencia de Quentin Tarantino y la dirección de Akira Kurosawa. Un amalgama que, sin embargo, tiene un estilo muy propio.





Deja un comentario