La nueva película de Emerald Fennell traía consigo un gran interés a la par que intriga. Poco se sabía del filme previo a su visionado y una vez uno comienza a verlo poco sabe a cerca del mismo. Conforme las imágenes se suceden el espectador es incapaz de vislumbrar hacia donde van a dirigirle, dando pie así a una cinta original y atrevida.
Aun siendo los primeros minutos de la película indicativos de que vamos a presenciar una loca aventura de universitarios, el tono cambia prontamente y sigue haciéndolo en diversos puntos del largometraje. Es difícil darle un contexto correcto en materia plausible, ya que la trama no gira en torno a los personajes, sino a sus emociones, que la desarrollan y transforman repetidamente hasta generar un producto crudo que sorprende gratamente.
La historia no es compleja: un universitario solitario se hace amigo de otro popular y este último le invita a pasar el verano en la mansión de la familia, donde se desarrollarán gran parte de los hechos. Sin embargo, y aun pareciendo simple, el interior de los personajes moldea esta historia cada poco y nos regala un camino con muchas curvas que cambia alternamente entre diversas sensaciones como la alegría, la tristeza o la envidia y el miedo.

Una historia simple, contada de manera lineal y que está sustentada en emociones. ¿La clave del éxito? Una dirección fantástica.
Fennell enmarca la película en un formato clásico de 4:3 que sobreexpone esas emociones, acompañado de un uso de cámaras excelso que además de regalarnos planos simbólicos y exquisitos, realmente ayuda a darle un sentido a lo que cuenta. A veces un ambiente familiar y cercano, otras veces un espacio que se vuelve más claustrofóbico u otras veces donde pese a tener un enfoque más cerrado, el espacio se vuelve lo más amplio y solitario posible.
En cuanto a las actuaciones, es imposible desviar la mirada del protagonista, Oliver, interpretado por el genial Barry Keoghan. El irlandés sigue demostrando proyecto tras proyecto por qué es uno de los mejores actores de su generación, siendo este un caso más. Es fantástico como transmite esos cambios espontáneos de su personaje, ya no solo con sus líneas, sino con un lenguaje corporal tan líquido que se desliza y adapta a la perfección a un molde tan cambiante como el que debe interpretar.
Si bien cabe resaltar un buen elenco de secundarios, encabezados por Jacob Elordi, es imposible no rendirse a Rosamund Pike. La actriz protagonista de Gone Girl (2014) nos regala una de las mejores interpretaciones de su carrera y logra robarse la pantalla en cada una de sus apariciones, que si bien no son muchas, se aprovechan al máximo dándole personalidad a un personaje secundario.
En resumidas cuentas, Saltburn (2023) es una película de historia simple que logra transmitir mucho a la par que sorprender. Un deleite visual con buenas actuaciones que expone muchas ideas con un lenguaje crudo que puede no gustar a cualquiera. Una cinta inteligente, extraña e inesperada.





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