El renacimiento del cine en la década de los sesenta fue, sin lugar a duda, una de las grandes efemérides de la historia. El séptimo arte al fin dejó atrás la fuerte influencia del teatro y buscó crear y seguir su propio camino, lo cual trajo cambios en todos sus enseres, siendo uno de los afectados el género del terror.
En las primeras décadas de cine, el terror se había nutrido de leyendas populares y monstruos de la literatura para crear a sus figuras protagónicas: desde los perdidos comienzos con El Golem (1915) hasta los famosos monstruos de Universal encabezados por el Drácula de Béla Lugosi. Estas figuras tocaron techo y acabaron por quemarse poco a poco, cumpliendo un inevitable ciclo al cual puso punto final Alfred Hitchcock.

El famoso cineasta revolucionó el género y prescindió de lo literario para darle al público monstruos humanos, que nacían corrompidos por sus iguales y ahondaban por primera vez en mentes trastornadas y lo que podían llegar a hacer. Esta ola de novedad y cambio dio vida a uno de los subgéneros más representativos del cine de terror: el ‘slasher’.
La inspiración de Hitchcock y el género italiano del ‘giallo’, que se sumergía en tramas detectivescas con asesinos imparables; dieron vida a una nueva visión del horror. Se recondujeron estas nuevas ideas y temáticas para que desembocaran en un escenario en el que los adolescentes se sintieran protagonistas.
El cine empezó por aquellas a dar voz a la juventud y el ‘slasher’ supo ver esto bien: los convirtió en protagonistas a la par que víctimas. No habría presencia de adultos, las persecuciones serían recurrentes, el asesino sería un completo enigma, abundaría el sexo y al final de la historia quedaría un superviviente que diera esperanza, conocido generalmente en el género como «final girl» o chica final.
Todos estos términos los vimos expuestos por primera vez en Black Chrismas (1974), considerado el primer ‘slasher’ y acabarían por asentarse en la obra culmen de Tobe Hooper, La matanza de Texas (1974). Estas, terminaron por convertirse en cintas de culto e inspiraron notablemente a sus sucesoras.

Las más reconocidas son sin duda Halloween (1978), inspirada completamente por La matanza de Texas; y Viernes 13 (1980), que en esta primera entrega se nutrió considerablemente de Black Chrismas, aunque con el tiempo acabaría por seguir los pasos de Halloween. Estos filmes fueron absolutos éxitos y tiñeron el terror de los años 80 con la sangre de los nuevos miedos.
Películas como Pesadilla en Elm Street (1984), El muñeco diabólico (1988) o Prom Night (1980) iban surgiendo con toques propios, pero mantenían la esencia y al igual que las primeras, amasaban dinero notablemente. Seguramente su perdición, puesto que empezaron a sacar secuelas a diestro y siniestro: producciones rápidas, de bajo coste, que generaban mucho… Y que cansaban al espectador.
A finales de la década el género estaba saturado de tal manera que se convirtió casi en aborrecible para la gente. Parecía que el ciclo comenzaba a ver su fin, al igual que pasó con el terror clásico en los 60s. Empezaba a estar todo predispuesto para que el ‘slasher’ dijese adiós en pro de filmes como Misery (1990), El silencio de los corderos (1991) o Candyman (1992); hasta que apareció Scream.

West Kraven ya había triunfado en el ‘slasher’ con Pesadilla en Elm Street, pero vio al género en sus últimos alientos y optó por revivirlo. Scream (1996) resucitó este tipo de cine como si del monstruo de Frankenstein se tratase. Era prácticamente un zombie vestido a la moda de la época y con conceptos que, si bien se veían diferentes, eran realmente los mismos que saturaron a la gente años atrás.
Sorpresivamente y a falta de entendimiento de un servidor, Scream triunfó. Todo el mundo quedó encantado con Ghostface y el misterio por saber cual de los inocentes chavales en peligro era en verdad el asesino. Seguramente el “Who done it?” y el trasfondo de metacine impulsara a ver algo rompedor en una trama prácticamente igual a Black Chrismas pero ambientado en los 90s.
El nada carismático asesino cautivó a una generación a la par que destrozó el ‘slasher’. ¿Por qué? Dejó vivo al grupo protagónico.

La figura de la «final girl» ya hemos comentado que es imprescindible del subgénero. Es el personaje trágico que aun dando un cierre a su historia estando viva, pierde la cordura; nos demuestra que el asesino ha ganado puesto que aun sin arrebatarle su vida, acaba con ella tal y como la chica final la conocía.
Scream prescindió de ello, tanto de la chica final como del triunfo del asesino. Ghostface tiene un final y en lugar de tener esa «final girl» acabamos teniendo un «final group«. El subgénero queda vivo, pero maltrecho y deforme en una rima con la ya mencionada imagen del monstruo de Frankenstein.
Ganó mucho dinero y como todo buen ‘slasher’ se propuso sacar secuela tras secuela, pero el camino que habían decidido tomar les alejó rápidamente de esto. Las continuaciones fueron desastrosas y acabaron con el interés del público mucho antes que las películas de los 80s.
Viendo la cinta era evidente que esa rápida caída iba a ocurrir, pero en lugar de ser el punto y final que debió darse una década atrás, supuso la causa por lo que a día de hoy este tipo de cine siga más que vivo.

El éxito de Scream y del ‘slasher’ entre los jóvenes llamó la atención de cineastas que buscaron volver a ganar dinero a su costa, originando «remakes» de cintas clásicas que, si bien nos regalaban un relato actualizado, carecían del alma de las originales y del interés por presentar ideas nuevas.
El ‘slasher’, repetido hasta la saciedad en este artículo, es un muerto que camina entre nosotros desde hace veinte años. Debió perecer en su momento por la sobresaturación, pero una película que creía ser revolucionaria le dio una segunda vida a la par que le despojó de su alma, manteniendo en funcionamiento a un subgénero que nos sigue acompañando sin, desde hace tiempo, querer contar algo.
En cierta manera duele pensar en esto y recordar que ya no se hacen películas como las de antes.





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