El poder. Una palabra tan clara como ambigua. Que puede colocarse en espectros tan amplios de la vida y en contextos tan dispares que realmente se hace muy difícil entenderla en su totalidad. El caso aquí es, que si ya desde fuera se hace complicado, desde dentro vuelve a ser todo más borroso.
No todo el mundo es susceptible de recibir el poder, aunque haya ocasiones -bastantes- en que algunos no capacitados lo ostenten. Es ambiguo, difícil de manejar. Hay quienes obran correctamente, hay quienes lo intentan, hay quienes se corrompen y hay quienes llegan al mismo ya corrompidos y con todo dispuesto para no obrar correctamente.
El caso del dictador ugandés Idi Amin sería para exponerlo en un artículo propio y como autor de este artículo les insto encarecidamente a sumergirse en su oscura historia. Sin embargo, lo que nos atiene hoy es una película que trata de poder y corrupción humana.

El poder guía la trama y los distintos enfoques del mismo la trasforman según avanza la misma. El cambio es total y afecta tanto al tono del filme, los personajes y el contexto; hace germinar la corrupción en todos los focos y genera un desenlace que acaban por ser las fatales consecuencias.
Kevin Macdonald nos ofrece un fantástico filme que, si bien se ve un tanto apresurado e inconexo al inicio, rápidamente consigue sumergirnos de lleno en una historia trágica. Prontamente se quita de encima el peso de las presentaciones y la construcción del escenario y pasa a la acción centrándose en la caída en desgracia de un joven Nicholas Carrigan (James McAvoy) que experimenta en sus carnes -nunca mejor dicho- las consecuencias de un poder corrompido.
Nuestro protagonista es la imagen de la aventura y la inocencia que se ve tentada por el carisma de un líder con poder personificado en Idi Amin, genialmente interpretado por un imperial Forest Whitaker. El niño es corrompido y acaba padeciendo lo que es un totalitarismo, volviendo a verse enfocado el poder como hilo conductor del filme, en este caso una dictadura.

Se explora genialmente la negatividad de un abuso de poder que, aun disfrazado de la positividad de un cambio de gobierno en inicio, acaba tomando tintes oscuros que son la luz que enfoca a lo totalitario, a lo dictatorial, a ese control único y excesivo que, como bien refleja Macdonald, acaba sumiendo todo en desgracia.
La realización del largometraje es muy buena, manteniendo al espectador enganchado en todo momento e incluyendo de a poco pequeñas píldoras de tensión que se van incrementando conforme pasan los minutos hasta llegar a un colofón final con imágenes muy gráficas. También se complementa con un muy exquisito montaje que, si bien con bastantes cortes, no desentona y logra encajar bastante bien la idea del director con el producto final, añadiendo zooms abrubtos que retrotraen a esa tensión ya mencionada.
Se utilizan una gran cantidad de elementos del folklore, de la cultura ugandesa que, unido a la paleta de colores y el filtro de la cámara, sitúan al espectador tanto en lugar como época sin tener que recurrir constantemente a disimuladas puntualizaciones que lo aclaren.

En última instancia cabe mencionar las actuaciones, que no se destacan especialmente en los personajes secundarios, pero ayudan a nuestros dos protagonistas a robarse los reflectores. McAvoy irrumpe en el panorama internacional con una actuación bárbara que plasma a la perfección la caída a los infiernos de su personaje. Y qué decir de Whitaker. Bufff.
Forest nos regala el que posiblemente sea el papel de su carrera -y que le valió un Oscar a mejor actor principal- en una interpretación que refleja la psicosis de Idi Amin, a la par que su locura. Se yergue imponente y amenazante, te hace desconfiar y resulta tan inesperado como el auténtico Amin, quien llegase a autoproclamarse «El último rey de Escocia».
La película de Kevin Macdonald es un claro ejemplo del buen producto que se puede lograr a partir de hechos tan marcados en la historia, de cómo sumir al espectador en una narrativa tan intrigante y que tiene ese fondo de hacer crítica de la realidad de un régimen que coarta libertades. Y es que si bien El último rey de Escocia es una historia sobre el poder, su fin último es mostrar la realidad de cuando este se corrompe.





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