Por norma general, el ser humano es reacio a lo grotesco. Conforme el mundo ha cambiado, las personas se han vuelto progresivamente más sensibles ante fuertes estímulos visuales, haciendo que cada vez nos sea más complicado reaccionar con normalidad ante los mismos.
El cine no se exime de este hecho y, aunque sí es un medio que -cada vez más- nos ofrece imágenes potentes a las nuevas generaciones, históricamente ha preferido dejarlas de lado ante el gran público, encontrando su refugio en un cine ‘de clase B’ que acabó por convertirlas en el elemento característico de uno de sus subgéneros predilectos: el body horror.
El cine ‘de clase B’ ha sido históricamente un refugio seguro para el terror, un refugio donde los bajos presupuestos se compensaban con una libertad creativa que llevaba a dar rienda suelta a la creatividad e inteligencia fílmica, evitando cualquier tipo de barrera. Encontró así su hueco el horror corporal, donde las imágenes grotescas más allá de verse repudiadas encontraban la aprobación y deguste de un público menor que no temía de nuevas experiencias visuales.

Sin duda el body horror se asentó como subgénero en la ‘serie B’, aunque le ha sido históricamente muy complicado llegar a un gran público no apto para el mismo. Puede que el título más reseñable que logró pasar esta barrera fue La mosca (1982), todo un clásico del cine que durante décadas ha sido la mayor referencia del cine de horror corporal… ¿Hasta ahora?
The Substance (2024) puede haber llegado para ocupar ese trono. No solo ha colado en primera línea una trabajada cinta de ‘serie B’, sino que tiene argumentos para trascender en el imaginario colectivo como un desagradable espectáculo erigido como una gran película.
El filme de Coralie Fargeat es, ante todo, visual. Sin duda el mayor fuerte de un largometraje que juega con todas las posibilidades de la exquisita fotografía de Benjamin Kracun y aprovecha una amplia variedad de planos para transmitir toda una gama de emociones y sensaciones, desde los amplísimos planos generales en los baños reflejando encierro y soledad hasta planos detalle que infundan la incomodidad o éxtasis del personaje en el espectador; todo bajo un enfoque inspirado en la cinematografía del genio Stanley Kubrick, dejando a la par un genial homenaje.

Los planos muestran de forma diversa enfoques variopintos, pero lo que se roba la atención es lo grotesco: un genial despliegue de efectos prácticos, planos detalle asquerosos y escenas a cámara fija desagradables; un cóctel que aumenta el malestar en el cuerpo y deja al espectador al borde del vómito.
La importancia de la imagen en la película es muy evidente, siendo el hilo conductor de la misma y evidenciando cambios de tono, momentos de inquietud o elevando el terror a otro nivel. En esto, además, es imposible no mencionar dos factores clave: los cambios de ritmo que se van sucediendo exponencialmente y le dan una gran frescura a lo que estamos viendo; y un uso excelente a de el sonido que potencia aún más si cabe la sensación de incomodidad.
Es posible que la experiencia visual nos evite en cierto modo pensar en el trasfondo de una trama que se vislumbra sencilla, pero nada más lejos de la realidad. La historia sí es sencilla -que no quita que sea efectiva-, no se enrevesa y presenta rápidamente todos los elementos determinantes para que queden bien cimentados, sin llegar a presentar ningún ‘plot’ que acabe por hacer descarrilar al espectador de un camino más bien recto.

Por contra, la trama esconde una crítica feroz a la hipersexualización de la mujer y refleja el nivel de corrupción que puede inculcar la fama a la mente humana. Estos elementos trastocan a la protagonista -genialmente interpretada tanto por Demi Moore como por Margaret Qualley– y alteran su realidad, destrozándola y consumiéndola a la par que se destruye y consume a si misma, mostrando lo efímero de la imagen y cerrando a la perfección el círculo -previopaso por un tercer acto que se siente como un genial colofón con sabor añejo al cine clásico de monstruos- con ese plano del inicio y final hacia una estrella en el paseo de la fama que no es más que otra baldosa más del camino.
The Substance es una gran película. Muy rica visualmente y con una propuesta original, ha elevado un tipo de terror de segunda fila hasta los grandes reflectores, siendo atrevida y no teniendo tapujos para encandilar al público con un desagradable deleite visual.





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