Cuando la idea de ‘Gladiator‘ surgió a principios de los años 80s en la mente del guionista David Franzoni no era más que un pequeño embrión de lo que acabaría por convertirse. Pasaron lustros hasta que comenzó a erigirse y tras una muy complicada producción emergió como una de las grandes cintas del siglo, quedando en el imaginario de propios y extraños.
El largometraje estrenado en el año 2000 consagró a Russell Crowe como estrella, revivió la carrera de Ridley Scott y abrió el escaparate de las superproducciones de época en el nuevo milenio. Fue un hito, a la par que una historia auto conclusiva que difícilmente daría pie a una secuela que inundase de billetes a los involucrados en ella.
Sin embargo, y pese a una manifiesta dificultad, las ideas de una segunda parte empezaron a rondar durante años, llegando incluso al punto de pensar traer a Máximo Décimo Meridio de entre los muertos como un enviado de los dioses para cumplir sus oscuros deseos. Por suerte esto nunca sucedió, pero el interés por continuar la historia del gladiador siguió latente hasta el punto en que, casi cinco lustros después, se ha hecho realidad.

Ridley Scott ha vuelto a las salas de cine con otra epopeya histórica tras la controversial Napoleón (2023), esta vez continuando la historia de uno de sus más grandes éxitos cinematográficos y llamando de nuevo la atención de un público que se ha mostrado mucho más cauteloso tras la última cinta del director británico.
Gladiator II (2024) nos sumerge en el viaje de Lucio (Paul Mescal), hijo de Lucilla (Connie Nielsen); quien tras la muerte de Máximo (Russell Crowe) escapó para salvar su vida y se crio en Numidia -actual norte de África-, llegando a convertirse en un importante guerrero que, tras la conquista de su tierra, acaba convertido en un vengativo gladiador al servicio de Macrino (Denzel Washington).
Yendo rápido a lo importante: no es la película del año. Se queda bastante lejos, de hecho.

Scott nos presenta un ‘remake’ disfrazado de secuela que, si bien en la segunda parte de la cinta se desliga de su antecesora y se atreve a seguir un camino propio, sigue muy ligada a la original y le cuesta horrores deshacerse de elementos de Gladiator que acaban siendo calcos exactos en el largometraje.
Este hecho no implica, ni mucho menos, que sea una mala película. La cinta nos presenta de primeras un enfoque diferente al de la del 2000 y busca en todo momento indagar en realidades distintas y detalles mucho más minuciosos, dando importancia a aspectos menos relevantes de la primera como la familia, la sociedad romana o los pueblos conquistados.
Es un buen filme, entretenido y visualmente muy impresionante, llevando la epicidad de la antigua Roma a otro nivel y ofreciéndonos escenas de acción realmente asombrosas, con elementos mucho más grandilocuentes y sumamente llamativos.

Sin embargo, no puedo evitar retrotraerme párrafos atrás para mencionar el problema de la trama. Es un calco literal de lo visto 20 años atrás que, si bien busca dar un desarrollo diferente al final de la historia, no deja de caer por voluntad propia en la comparativa con su antecesora. Los diálogos, conceptos, frases y planos de esta vuelven para repetirse siendo una vez más elementos de peso en lugar de lo que deberían haber sido: referencias sueltas.
El ritmo es bueno, aunque se nota demasiado acelerado en una parte final muy apresurada por concluir sus caminos sin terminar de construir la calzada. No se siente inorgánico, mas sí extraño al finiquitar ciertos elementos sin mucho esfuerzo dejando en la mente de un servidor la idea de que, a futuro, busquen sacar algún rédito en forma de tercera parte.
El uso de cámaras es fantástico y consigue darle al largometraje una viveza e intensidad que ayudan a que penetre por completo la acción en la retina del espectador. De igual manera, y pese a no tener planos con demasiado riesgo, la dirección de arte vuelve a ser magnífica, teniendo que hacer una mención muy necesaria a los títulos de exposición iniciales que retrotraen a los de la original pero suman imágenes con el estilo de dibujo de la obra ‘Pollice Verso‘ (1872) de Jean-Léon Gerôme, la cual fue una importante fuente de inspiración para Gladiator.

La experiencia de esta cinta es completamente inmersiva, pero de nuevo queda corta ante la del 2000 debido a la ausencia de un elemento esencial: Hans Zimmer. El compositor no volvió para la secuela, llevando a la música de un punto vital de importancia donde se sentía como un personaje más de la cinta protagonizada por Russel Crowe, a ser un elemento de fondo que no aporta al filme pese a leves intentos puntuales.
En cuanto a las actuaciones, lo más llamativo es sin duda Denzel Washington. El veterano actor se roba cada una de sus escenas con un personaje intrigante al que mediante leves gestos, miradas y movimientos sutiles le da una enorme viveza que opaca a la del resto. Se siente protagonista y hace todo lo posible por robarse la atención en cada oportunidad que tiene; busca y logra relucir radiantemente.
Reseñable es, por supuesto, el protagónico de un decente Paul Mescal que, si bien queda lejos de su mejor interpretación, logra sobresalir en escenas de acción que lo consagran como un digno sucesor del mítico gladiador y sirven de igual modo para opacar a Pedro Pascal, Joseph Quinn y Connie Nielsen que quedan en la tenue penumbra del segundo plano.

Gladiator II es, en resumen, una cinta de acción entretenida y espectacular. Afrontó el difícil reto de continuar un clásico moderno del cine y acabó por ofrecer dentro de un marcado homenaje ideas propias que, si bien interesantes, acaban por ser inservibles para escapar de una alargada sombra en la que ha decidido refugiarse en lugar de luchar para ver la luz del sol con una identidad propia.





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