Es difícil empezar de cero, dejar atrás todo la vida que habíamos construido previamente para encontrar un solar en el que volver a edificar partiendo de los cimientos. Realmente es dar un paso arriesgado, a la par que lúgubre, donde uno no sabe si va a asentarse en un terreno inestable que lo lleve a ver su vida convertirse en ruinas.

Más difícil es imaginar este hecho que refleja miedo y dudas cuando el horror de la guerra te empuja a ello como única vía de escape.

The Brutalist (2024) estructura sus cimientos en base a esto, en lo tortuosa que puede llegar a ser la vía de escape. Como, pese a escapar de la muerte y la devastación, el individuo posterga su agonía por el hacer de un entorno que se postula como el principal causante de la misma, reflejando la crueldad de un mundo que inherentemente intenta arrebatarnos lo propio.

Adrien Brody y Felicity Jones en The Brutalist (2024) | A24

El filme aboga por una idea clara: la identidad.

La identidad. Eso que nos hace brillar de forma particular y que es de los pocos bienes que se conservan al iniciar un nuevo camino. Eso que los estímulos del entorno hacen por arrebatarnos y que cuando nos hacen caer escapa suavemente. Eso que todos luchamos, en mayor o menor medida, por mantener como algo propio, que postergue entera a nuestra persona.

La película de Brady Corbet se nutre de la identidad para plasmar el relato y busca llevar al extremo su aguante sumergiéndola en una situación compleja y con un entorno que, con cada plano y uso de cámara e iluminación, se sigue antojando misterioso con el pasar de los minutos.

Es fantástica la forma en que el largometraje logra inducir al espectador en los años 50s explotando al máximo cada recurso, pero por encima de todo, es fantástico como empatizamos con la duda continua de un protagonista que, a la par que el espectador, no sabe que va a venir después del siguiente paso.

El miedo y la duda son sensaciones fijas durante el metraje, se aferran a nosotros de forma indispensable y se plasman gracias a un uso de cámaras e iluminación mágicos.

Adrien Brody en The Brutalist (2024) | A24

Hacía tiempo que una película no me evocaba mediante su cinematografía estos sentimientos del modo que lo ha logrado The Brutalist. Planos generales amplísimos que se combinan con golpes de sonido milimétricos para transmitir inquietud; encuadres sombríos y tenues que no hacen sino que postergar lo temeroso de aquello que esté por venir; secuencias de cámara que te meten dentro de la cinta, angustiándote por la incertidumbre; primeros planos que reflejan una momentánea calidez que prontamente se escabulle para no quitar protagonismo al drama.

Lograr que una película consiga transmitir tanto y de forma tan idónea mediante el uso de la imagen es digno de elogiar y una de las frases del metraje así lo refleja:

«A veces, la mejor manera de entenderlo es observándolo»

László Tóth

La trama no evoca grandes complejidades, se antoja mayoritariamente sencilla mientras deja que el protagonista exteriorice su historia y relate su viaje, concluyendo con un fantástico paralelismo al que nos evoca uno de los diálogos finales del metraje y que refleja una ardua batalla por mantener y preservar una idea propia pese a las inclemencias de un entorno que obra en pro de enterrarla.

Puede que uno de los mayores peros que pueda tener la cinta sea el ritmo. Su duración de 215 minutos no es justificante de que sea una película lenta, aunque la inclusión de determinadas escenas y el alargar otras tantas más de la cuenta sí que afecta notoriamente a ciertas partes del metraje que se hacen relativamente pesadas. No la enturbian, pero sí hacen a esta obra más fuerte de digerir para determinados estómagos.

Sin embargo, este último problema lo soluciona la imagen, que se aprovecha de los minutos de más para gustarse en sus planos y reflejar la grandiosidad del entorno y la fulgurante potencia que desprende la arquitectura de mediados de siglo, empequeñeciéndonos y haciéndonos conscientes de lo grande que puede ser una idea, como es el caso de la de nuestro protagonista.

The Brutalist (2024) | A24

El personaje de László Tóth es fantástico. Plasma los conflictos y aislamiento que sentiría una persona en su situación y un excelso Adrien Brody lo exterioriza de manera impoluta logrando que el espectador conecte con el protagonista, entendiéndolo y humanizándolo, sabiendo que sus actos son consecuencia de su situación y fuera de plasmarse como un ser moralmente correcto, obra de manera inadecuada dejando en claro tener muy presente quien realmente es.

Los secundarios son notoriamente destacables, aunque la gran respuesta que se está viendo ante el trabajo de Guy Pearce desmerece en parte a una genial Felicity Jones que, por momentos, se roba la pantalla. Ambos son las contraposiciones del entorno del protagonista: el odio y el amor; el frío y la calidez; la intemperie y el hogar. Son el relejo del tortuoso camino de László, la razón de ser y el motor para que, pertinentemente, logre concluir su viaje.

The Brutalist es una cinta fantástica, que de manera cruda da un mensaje propio y remarca que «no importa lo que digan, lo importante es el destino, no el viaje«, postulando continuamente la idea de hacer perdurar la esencia que nos hace únicos.

Encapsula de una genial manera los sentimientos de miedo, anhelo y soledad; y evoca un grito desesperado por mantener una idea propia y diferente que, a pesar de todo y de todos, logre perdurar en el tiempo: la identidad.

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