A todo el mundo le gusta Queen. Es inviable pensar que alguien escuche las canciones de la banda británica y diga que le resultan malas, independientemente de los gustos musicales que tenga. Se podría entrar al debate de si es la mayor banda de todos los tiempos, pero el periodista aquí presente no tiene ni el conocimiento ni la capacidad para resolver esa duda.

El hecho es que, volviendo a la primera frase, todos somos un poco fans de Queen. Uno no sabe si por su enorme peso en el mundo de la música, su variedad de registros, su iconicidad, la profundidad de sus letras o, simplemente, por lo realmente bien que suena todo. Cuando juntamos todos estos factores se empieza a forjar un mito que trasciende hasta la cultura popular, cayendo también en las garras del cine.

De Freddy Mercury y compañía habíamos tenido documentales en abundancia -como es normal, por otra parte- pero nunca se le había reflejado en la pantalla grande. Al final la idea acabó cayendo por su propio peso y se acabaría estrenando en 2018 un filme que, si bien se esperó con ansia durante tiempo, acabó por dejar claro que no siempre hay que tener las expectativas por las nubes.

Bohemian Rhapsody (2018) | 20th Century Fox

Bohemian Rhapsody (2018) es una película complicada de plasmar en una crítica. Es decir, es difícil separar la visión de fan de la música y la lupa de loco del cine. Quizás es lo que confunde a muchos que la aman, posiblemente embelesados por un canto onírico de Freddy Mercury que acaba robando la atención de un largometraje que no es ni mucho menos excelente.

Partiendo por la trama, lo primero que le sale a uno decir es que tiene demasiada prisa. La primera parte del filme es caótica y apresurada, con continuos saltos temporales que nos evitan apreciar un desarrollo en cualquier personaje y que, sinceramente, parece que solo se incluyen en la película para dar paso a otra canción. Es escuchar éxitos aleatoriamente porque sí, reglando una experiencia poco agradable. No por la música -ni mucho menos- sino por las decenas de imágenes de conciertos en lugar de los buenos personajes.

El filme mete un frenazo al momento de la creación del disco A Night at the Opera. Un frenazo necesario, que se disfruta y con el que vemos un destello en personajes que al fin parecen querer contarnos algo.

Diez minutos geniales que no prosiguen su labor en pro de querer ahondar únicamente en Freddy Mercury. Salimos de la música adentrándonos en la caída del personaje a los infiernos y… está bien, a fin de cuentas empezamos a ver profundidad en una película que es más suya que de Queen. Sin embargo he ahí el problema, que si bien tienes un protagonista a quien quieres desarrollar no puedes dejar en blanco a los secundarios, que siguen siendo personajes vacíos y sin desarrollo. Como resultado, una pista de baile donde solo está invitado el protagónico.

Creación de A Night at the Opera, Bohemian Rhapsody (2018) | 20th Century Fox

La verdad, gran parte de la culpa de que falle la trama recae sobre una muy mala realización. Puede caber el argumento del cambio de director entre Bryan Singer y Dexter Fletcher a mitad de producción, pero no es excusa. Cortes rápidos y muy seguidos, unas escenas con poca exposición y otras con demasiada, planos largos e insípidos y varios puntos que no aportan nada a una película que, sorprendentemente, dura poco más de dos horas.

Sin embargo hay aspectos muy salvables del largometraje. Se puede partir de un diseño de vestuario magníficamente logrado, un sonido excelso y una dirección de arte genial que sirve para compensar la realización. Y si bien hay ciertos planos que dejan a uno alucinado, lo mejor que vemos en materia de cine son las actuaciones.

La escritura de personajes no es la mejor, cierto, pero no impide que los intérpretes den el máximo y hagan un trabajo maravilloso, logrando además ser calcas de sus personajes. Aun así, no se puede apartar el reflector de un Rami Malek que se roba el show. El californiano se mimetiza con Freddy y nos regala una muy sincera interpretación en la que de verdad se transforma en el genial músico para llevar sobre sus hombros todo el peso de la película.

Contrario a lo que pueda parecer, creo que este largometraje es un buen entretenimiento: te emociona, te pone a cantar y te atrapa en un espectáculo de 130 minutos. Sin embargo, ahí se encuentra su problema, y es que Bohemian Rhapsody es un gran concierto, pero una película mediocre.

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